lunes, 16 de marzo de 2009

LA SENCILLEZ



La sencillez es esencial, sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del conocimiento propio.
Creemos que es una expresión externa, pocas posesiones, ropas, cosas, pero eso no es sencillez. La verdadera sencillez sólo puede originarse interiormente, y de ahí proviene la expresión externa. Lo que uno es en su interior fluye al exterior.
Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos. Deseos, apetitos, ideales, de innumerables móviles somos esclavos. Y, para encontrar la sencillez debemos ser libres.
Al investigar nuestro ser nos hacemos cada vez más libres y más sensibles. Cualquier forma de autoridad o coacción, interna o externa, contribuye a la insensibilidad. Ninguna forma de coacción puede conducir a la sencillez, al contrario, cuanto más reprimís, sustituís, sublimáis, menos sencillez existe, aunque exista cierta apariencia.
Si uno no es sencillo no puede ser sensible a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que existen en el mundo que nos rodea. Y si no hay sencillez, uno no puede ser sensible al mensaje interno de las cosas. La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia (la mente). Allí tratamos de ser reflexivos e inteligentes, lo cual es sinónimo de religiosidad; allí tratamos de que nuestra mente sea sencilla, mediante la coacción, mediante la disciplina. Pero eso no es sencillez. Cuando forzamos la mente superficial a ser sencilla, tal imposición no la torna ágil, flexible, rápida, sino que sólo consigue endurecerla. Ser sencillo en todo el proceso de nuestra conciencia es extremadamente arduo. Porque no debe existir ninguna reserva interior, tiene que haber ansia por averiguar, por descubrir el comportamiento de nuestro ser. Y eso significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia, darnos cuenta de nuestros temores, de nuestras esperanzas, investigar y liberarnos de todo eso constantemente. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón son realmente sencillos, cuando están limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean.
El saber no resolverá vuestros problemas. Es sólo mediante la experiencia directa como se resuelven nuestros problemas; y para tener experiencia directa ha de haber sencillez, lo cual significa que debe haber sensibilidad. El peso del saber embota la mente. También la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de ver lo que es, el presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que ejerce constantemente sobre nosotros todo lo que nos rodea.
Por eso el hombre religioso no es, en realidad, el que viste una túnica o el que ha hecho votos, sino aquél que es interiormente sencillo, aquél que no está "transformándose" en algo. Una mente así es capaz de una extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada y es, por lo tanto, capaz de recibir la gracia, de recibir a Dios, la verdad o como os plazca llamarlo. Sólo entonces puede haber felicidad, porque la felicidad no es un fin, es la expresión de la realidad.
A partir de aquí surge una sencillez, una humildad que no es virtud ni disciplina. La humildad que se consigue deja de ser humildad. Una mente que se vuelve humilde ya no es humilde. Sólo cuando se tiene humildad (no una humildad cultivada) puede uno hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno observa el problema tal cual es y entonces puede resolverlo.
Los que os ofrecen algo "positivo" son unos explotadores. Valoramos todas sus formas externas, tales como las pocas posesiones, pero esto no es sencillez. Creemos que es sencillez tener sólo un taparrabos. Deseamos los signos externos de simplicidad y eso nos engaña fácilmente. No es una mente sencilla la que piensa en recompensas y temores, la que está cargada de conocimientos y creencias, la que se identifica, la que se entretiene con la música, los ritos, Dios o las mujeres... ¿Qué es sencillez? ¿Es la búsqueda de los elementos esenciales y el rechazo de los que no lo son? Sencillez no es la búsqueda de lo esencial y del rechazo de lo que no los es. Esto significaría un proceso de opción de la mente y, toda opción de la mente se basa en el deseo y así lo que llamáis esencial es lo que os brinda satisfacción, placer. La mente es confusión y su elección también lo es. Así la opción entre lo esencial y lo no esencial no es sencillez; es un conflicto, y la mente confusa en conflicto nunca puede ser sencilla.
Cuando de verdad observéis y veáis todas las cosas falsas y los ardides de la mente, cuando observéis eso y lo percibáis muy claramente, entonces sabréis que es simplicidad. La sencillez es la acción que no resulta de una idea, es creatividad y mientras no haya sencillez somos como polos de atracción para el daño, el sufrimiento y la destrucción.
No se puede buscar y experimentar, llega como una flor que se abre en el momento justo, cuando uno comprende todo el proceso de la existencia y la vida de relación.
No hay que buscarla, surge tan sólo cuando no hay "yo", cuando la mente no está atrapada en especulaciones, en conclusiones, en creencias, en imaginaciones (Acción que no es resultado de una idea). Sólo una mente libre puede hallar la verdad, recibir aquello que es inconmensurable, que no puede nombrarse. Eso es sencillez.
Es extraño el deseo de alardear ante los demás, de ser alguien. La envidia es odio y la vanidad corrompe. Parece tan difícil e imposible ser sencillo, ser lo que somos y no presumir.
Ser lo que uno es resulta en sí mismo muy arduo, ser lo que uno es sin tratar de llegar a ser esto o aquello, lo cual no es demasiado difícil. Siempre puede uno aparentar, ponerse una máscara, pero ser lo que es constituye una cuestión muy compleja; porque uno está siempre cambiando, nunca es el mismo y cada instante revela una nueva faceta, una nueva profundidad, una superficie nueva. No es posible ser en un instante todo eso, porque cada instante conlleva su propio cambio. De modo que si uno es siquiera un poco inteligente, renuncia a ser esto o aquello.
Cada uno de nosotros piensa que es muy sensitivo, y un incidente cualquiera, un pensamiento fugaz, demuestra que no lo es; piensa que talentoso, instruido, artístico, moral, pero al volver la esquina se encuentra con que no es ninguna de estas cosas sino profundamente ambicioso, envidioso, inepto, brutal e impaciente. Alternativamente uno es todas estas cosas y desea algo que tenga continuidad, permanencia (por supuesto, sólo aquello que sea provechoso, agradable). Así es como corremos tras de ello, y todos nuestros otros "yoes" claman por salirse con la suya, para lograr su propia realización. De este modo, cada uno de nosotros se convierte en un campo de batalla en el cual generalmente triunfa la ambición con todos sus placeres y su infortunio, su envidia y su temor. A ello se le añade la palabra "amor" en aras de la respetabilidad y para mantener la integridad de la familia; pero uno mismo está atrapado en los propios compromisos y actividades, aislado, clamando por reconocimiento y fama: yo y mi país, yo y mi partido, yo y mi dios consolador.
La sencillez atrae al instinto, la intuición y el discernimiento para crear pensamientos con esencia y sentimientos de empatía. Sencillez es la conciencia que llama a las personas a replantearse sus valores.
La sencillez crece en las raíces sagradas, personificando una riqueza de virtudes y valores espirituales que se manifiestan en las actitudes, las palabras, las actividades y el estilo de vida. La sencillez es hermosa y, como la luna, irradia frescura, en contraste con el resplandor del sol. La sencillez es natural. Puede tener una apariencia corriente y carente de atractivo para aquellos cuya visión está acostumbrada a lo superficial, o a lo erudito. Sin embargo, para aquellos que poseen el discernimiento sutil de un artista, un vislumbre de sencillez es suficiente para reconocer la obra maestra.
La sencillez combina la dulzura y la sabiduría. Es claridad en la mente e intelecto, ya que surge del alma. Los que personifican la sencillez están libres de pensamientos extenuantes, complicados y extraños. El intelecto es agudo y despierto. La sencillez invoca al instinto, la intuición y el discernimiento para crear pensamientos con esencia y sentimientos de empatía. En la sencillez hay altruismo, el que personifica esa virtud ha renunciado a la posesividad y está libre de los deseos materiales que distraen el intelecto haciéndolo divagar hacia territorios inútiles. Carecer de deseos no significa arreglárselas sin nada, o tener la vida de un asceta. Al contrario, uno lo tiene todo, incluyendo la satisfacción interna. Esto se refleja en el rostro -libre de perturbaciones, debilidades e ira- y en la conducta, con una elegancia y una majestad extraordinarias, pero a la vez ingenua. Sencillez es ser el niño inocente y el maestro sabio. Nos enseña a vivir con sencillez y a pensar de forma elevada.
Las personas que viven con sencillez, generalmente disfrutan de una relación cercana con la naturaleza. Su moral proviene de las tradiciones perennes que funcionan en armonía con las leyes de la naturaleza. Las hierbas se convierten en sus remedios naturales. La luna y las estrellas son las lámparas que los alumbran. El mundo natural es el aula en la que estudian. Esto no significa que todos debamos adoptar este estilo de vida. Sin embargo, se puede aprender de la naturaleza. Cuando se observa la ética de la sencillez, casi no hay desperdicio. Todos los recursos se valoran: el tiempo, los pensamientos, las ideas, el conocimiento, el dinero y las materias primas.
De la sencillez surge la generosidad. La generosidad es compartir con un espíritu altruista los ingresos ganados a pulso. Compartir los propios recursos conjuntamente y de forma cuidadosa es recuperar para las actividades humanas, el sentido de la familia. La sencillez es algo más que ofrecer dinero y posesiones materiales, es dar de uno mismo aquello que no tiene precio: paciencia, amistad y apoyo. Con el espíritu de dar prioridad a los demás, los que adoptan la sencillez ofrecen su tiempo gratuitamente. Esto lo hacen con amabilidad, sinceridad, e intuiciones puras, sin expectativas ni condiciones. Como resultado, esas personas cosechan frutos abundantes de las semillas que se sembraron con sus acciones generosos. Nada esperaron pero...
La sencillez es verdad. La belleza de la verdad es tan sencilla que funciona como la alquimia. No importa cuántos disfraces se presenten ante ella, la luz de la verdad no puede permanecer escondida; alcanzará a las masas con un lenguaje muy sencillo y, al mismo tiempo profundo. Los mensajeros de la verdad siempre han personificado formas comunes, han llevado vidas sencillas, y han adoptado medios simples para impartir sus mensajes. Viven y dicen la verdad, ofreciendo belleza a las vidas de los demás. Su sencillez y esplendor pueden compararse al joyero. Fiel a la integridad de su profesión, el joyero hace todas y cada una de sus joyas preciosas y perfectas, pero él sigue siendo sencillo.
Hoy en día la belleza está definida por las industrias de la moda y la estética, propagada por los ricos y los famosos y aceptada por las masas. La belleza, sin embargo, no se encuentra sólo en la apariencia, como dice el proverbio. La belleza, en su forma más sencilla, elimina la arrogancia de las ropas caras y de vivir de forma extravagante. Va más allá del rico y del pobre. Es apreciar las pequeñas cosas de la vida que a veces no son visibles ni aparentes para el resto del mundo. Sencillez es apreciar la belleza interna y reconocer el valor de todos los actores, incluso del más pobre o desafortunado. Es considerar que todas las tareas, incluso la más humilde, tienen valor y dignidad.
La sencillez reduce la diferencia entre “lo que tengo” y “lo que me falta” demostrando la lógica de la verdadera economía: ganar, ahorrar, invertir y compartir los sacrificios así como la prosperidad, de manera que pueda haber una mejor calidad de vida para todos los seres humanos, independientemente de donde hayan nacido.
Sencillez es la conciencia que dirige una llamada a la gente para que replantee sus valores.

sábado, 14 de marzo de 2009

MOTIVOS PARA LA HUMILDAD

Caminaba con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: - además de los pájaros ¿escuchas alguna cosa más? -Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí- estoy escuchando el ruido de una carreta…

- Eso es -dijo mi padre- es una carreta vacía -Entonces fue cuando le pregunté- ¿cómo sabes que es una carreta vacía si aún no la vemos? -Entonces mi padre respondió- es muy fácil saber cuando una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace - .

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando noto a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oir la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace” .

La humildad consiste en guardar silencio sobre nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas y recuerden que existen personas tan pobres que lo único que tienen es dinero. Nadie está más vacío que aquél que está lleno del ego.

Seamos lluvia serena y mansa que llega profundamente a las raíces…en silencio, nutriéndo en forma constante.

Luego de tantas horas de estudio, a los seres humanos, reyes del mundo, aún nos falta saber:

...El lugar donde nacen y mueren los Sueños.

...El rincón donde se esconde el Olvido.

...La caja donde el Amor guarda los secretos.

...La trinchera donde se agazapa el Miedo.

...El espejo donde se refleja la Autoestima.

...El escondite de la Felicidad.

...La cuna de la Esperanza.

...La cueva en la que se solaza la Inseguridad.

...La bandera en la que flamea el Coraje.

...La casa de la Alegría.

...El espacio en el que duerme la Intuición.

…El sonido desnudo de la Distancia.

...La llave donde se guarda la Tristeza.

...El cobertor que cobija al Alivio.

...El estante donde se acomoda el Perdón.

…El regazo donde dormita la Generosidad.

...El cofre donde descansa el Recuerdo.

...El color del Alma herida.

...El aroma del Empezar de Nuevo.

Tal vez deberíamos ser más humildes, entonces….


El valor de la humildad ayuda a las personas a contener la necesidad de decir o hacer gala de sus virtudes a los demás. Una personas que vive la humildad hace el esfuerzo de escuchar y de aceptar a todos. Cuando más aceptamos, más se obtendrá el cariño y reconocimiento, porque una palabra dicha con humildad tiene el significado de mil palabras agradables.

Humildad es aceptar las cualidades con las que nacemos o desarrollamos, desde el cuerpo hasta las posesiones más preciadas. Por tanto, debemos utilizar estos recursos de forma valiente y benevolente. Ser humilde es dejar hacer y dejar ser, si aprendemos a eliminar la arrogancia, reconocemos las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de los demás. Por tanto, el signo de la grandeza es la humildad. La humildad permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable. En la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza en el corazón de los demás.

El éxito en el servicio a los demás proviene de la humildad; cuanto más humildes, mayores logros obtendremos. No puede haber beneficio para el mundo sin la humildad. Una persona humilde puede adaptarse a todos los ambientes, por negativos que éstos sean; nunca dirán “no era mi intención decirlo”, según la actitud, las palabras reflejarán eso, entonces debemos cuidar nuestras palabras para no lastimar sin desearlo. Cuando expresemos una opinión debemos hacerlo con el corazón y mente abierta para aceptar las particularidades, la fortaleza y la sensibilidad de uno mismo y de los demás.

Para ser humildes, necesitamos ser realistas, conocernos a nosotros mismos tal como somos. Únicamente así podremos aprovechar todo lo que poseemos para obrar el bien. Siempre encontramos cosas en nuestra propia persona que no nos gustan, capacidades que no estamos aprovechando o cualidades que no estamos desarrollando. Lo importante es aceptar la situación e intentar luchar por superarse día a día.

jueves, 26 de febrero de 2009

RECUERDOS DE MI NIÑEZ

Cuando el calor apretaba, mi padre y yo sacábamos el colchón a la puerta y lo tendíamos en la calzada de enfrente de nuestra casa, buscando de esta forma conciliar el sueño y procurando combatir los calores del verano.

Antes de dormirnos mi padre me contaba historias o me daba consejos sobre el mundo y la vida.

Otras veces dormíamos en la era de tío Pedro. Bajábamos a la pradera que tenia preparada para la trilla en la Huertita, cerca de El Calvario y allí pasábamos alguna que otra de esas noches bochornosas del julio.

A veces, nos íbamos a dormir a “El Barrerito”, mi padre, tío Pedro y yo. En “El Barrerito”, cerca de la Fuente Escalera y elevado sobre un peldaño natural del terreno, estaba el huerto del tío Santiago “El Pirije”. Sobre la parva, que el tío Santiago tendía cada año para la trilla del grano, colocábamos las mantas, donde, después de la acostumbrada tertulia, procurábamos conciliar el sueño, cosa que, por mi parte, rara vez conseguía..

En estas conversaciones nocturnas del caluroso estío, casi siempre nos acompañaba el tío Aquilino, un hombre de una exquisita, agradable y profunda filosofía rural. Tío Aquilino era el sastre del pueblo y, a juicio de muchos, un buen sastre. A tío Aquilino, el sastre, le gustaba el tango, y hablaba con entusiasmo de Carlos Gardel. A veces canturreaba La Comparsita o el A Media Luz. A mi amigo Paco y a mi nos gustaba escuchar las reflexiones del tío Aquilino, conversando amablemente con el en aquellas tardes soleadas del incipiente otoño.

Vivíamos en la calle Cagancha (ahora calle Lirio), mis padres, mis dos hermanas (después vendría otro varón), mi abuela Benedicta y yo Eran tiempos de estrecheces económicas; demasiadas bocas para el pequeño sueldo de Alguacil de mi padre.

La casa era pequeña, de paredes anchas, con un sala de entrada, que llamábamos “la mitad de casa”: a la izquierda estaba la maquina de coser de mi madre, sobre el rincón del fondo, la mesa camilla con el hule del mapa de España y a la derecha, bajo la escalera, la “cantaera” con la tinaja y los dos cantaros. Desde esta sala, por una entrada sin puerta, tapada con una cortina, se accedía al dormitorio principal de la casa; a la izquierda de la entrada estaba el armario con luna, una cama a la derecha, donde dormíamos nosotros, los hermanos, y otra al fondo, donde dormían mis padres. En la parte posterior de la habitación, junto a una cómoda de madera de cuatro cajones, había una puerta de entrada a una pequeña alacena, la cual tenia una reducida ventana contigua a un vecino corral..

Desde la “mitad de casa”, a la derecha de la puerta de entrada a la vivienda, por una estrecha escalera de peldaños con piso de pizarra, subíamos a la planta alta. Nada mas subir, a la izquierda, estaba la sala, con una cama, donde dormía mi abuela Benedicta; en el fondo a la izquierda, una ventana que daba a la calle y una diminuta buhardilla, construida en la parte superior de la pared lateral, con una pequeña puerta, alta, de madera. Esta buhardilla, que era un almacén desordenado de revistas, libros, juegos y otros artilugios, servía también como refugio cuando jugábamos en la casa a los “esconderiches”. En la misma pared, sobre un soporte de madera, estaba la radio. Con el escuchaban mi madre y mi abuela los interminables seriales radiofónicos de Guillermo Sautier Casaseca, los programas de “peticiones del Oyente”, “España para los españoles” o el consultorio sentimental de Elena Francis.

.Frente a la escalera estaba la cocina, amplia, con techo alto de teja vana, a la izquierda la lumbre, con las llares y el caldero, y. de frente, unas cortinas a media pared, grandes, de paño oscuro que dividían la parte anterior de la cocina, mas amplia, de la posterior, mas reducida.

La calle, entonces, era toda de piedra. Junto a la casa había un “poyo” donde nos solíamos sentar al fresco, en las noches de calor, con los vecinos : tío Mariano, tía Paula, tía Carlota, tío Jacinto, tía Daniela, tío Pedro, tía Maria... Desde el interior de alguna de las casas fluía el sonido familiar de la radio a la hora de “el parte” y se escuchaba con atención la característica melodía previa a las noticias en radio nacional.

Recuerdo con angustia contenida el primer día de escuela. Mi madre me dejo sentado en el pupitre, abandonado a mi suerte. Creo recordar que alguna lágrima debió de dejarse caer por mi cara, fruto de aquella perplejidad angustiosa de mi espíritu infantil. Don Agustín, mi primer maestro, me tranquilizo con palabras amables y consiguió que pasase, de mi estado de ánimo, aquel primer impacto emocional de mi vida escolar.

Ese mismo día llegue contento a casa. Nos habían repartido la leche en polvo, y yo venia alegre con mi bote en la mano para dárselo a mi madre, no si untar, de vez en cuando, el dedo por el camino, cosa que me valió una reprimenda.

Pronto comencé, con entusiasmo, a impregnarme del ambiente escolar. Antes de entrar en clase, solíamos cantar, en fila y brazo en alto, el Cara al Sol, frente a la bandera de España, con el escudo imperial, colocada sobre la pared exterior del aula.

Algunas tardes de sol, cuando llegaba el maestro, todos unidos, previo acuerdo y al unísono, entonábamos el grito de excursión campestre: “de paseeeo”, “de paseeeo”, “de paseeeo”. Normalmente - dependía de su estado de ánimo- el maestro accedía a nuestro deseo y salíamos todos contentos y alegres a pasar la tarde en los ondulados entornos naturales de la entrada a la Jaramaguilla

Al salir de clase, nos íbamos, algunas veces, a jugar a los indios a la chumberas de San Blas. Recuerdo que usábamos los “Panes y quesitos” para vestirnos a la manera india del oeste. Otras veces me iba con mi amigo Santiago, el hijo de tía Antonia “Canchala”, a llevar los mulos al huerto y pasábamos la tarde jugando y hablando de nuestras cosas. Algunas tardes me acercaba a casa de mi amigo Paco el hijo de tío Nin y allí solíamos pasar el rato leyendo las revistas de “Historias Para No Dormir” de Ibáñez Serrador o cantando canciones de Víctor Jara o Paco Ibáñez.

También solíamos ir en el buen tiempo mi amigo Elías, Isidro y yo, a jugar a los toros al huerto del Matorral.

Cuando mi padre tenia que salir a publicar un bando, a mi me gustaba ir con el. Me llevaba de la mano por el recorrido, se paraba y empezaba a publicar en voz alta y potente “De ordeeeeeeeeeeen, de el Señor Alcaldeeeeeeeeeeeeee, hago sabeeeeeeeeeer…….”, terminada la publicación del bando, me cogia, de nuevo de la mano, y continuábamos el camino. Recuerdo que el primer punto era en la esquina de la calle Peñas con la calle de los Pinos (Tumbatres); el segundo: en la esquina calle de los Pinos con calle Matorral,;- el tercero:en esquina C/ Los Naranjos con la calle la Paz (Campito), cuarto: esquina c/ Paula Clemente/ con c/ de El cristo. Quinto: esquina c/ Real/ con c/ Consuelo Aparicio. El sexto: Plaza de San Ramon, el septimo: esquina c/ Angosta con Avenida del Calvario y el Octavo. en Plaza de España.

Al caer la tarde, el pueblo se llenaba con la algarabía de los chiquillos. Jugábamos en la Plaza al pillar, a espidula, a el cordón, al triangulo, a la peona o a los contrabandistas en las calles y huertos de alrededor del casco urbano

Estos son algunos de los vagos recuerdos de mi edad temprana; recuerdos todos ellos que a veces galopan, como caballos del tiempo por los prados nebulosos de la memoria desde la semioscuridad de mi niñez lejana

sábado, 14 de febrero de 2009

AMOR EN SILENCIO




Amaneció en el beso
tu mirada
y encontré aquel silencio
de tus labios
en el tacto de amor
que me ofreciste.

..Y se encendió una gota
de pasión en tus ojos.

Me abriste, entre mis labios, la sonrisa,
como una flor quemandome tu nombre
en la sed de mi boca.

...Y se acercó la noche
a contemplar
la eclosión del placer
en nuestros cuerpos.

Paso el cielo y dejaste
aquel dulce silencio entre mis manos.

viernes, 13 de febrero de 2009

NANA AL NIÑO AMARGO DE SIERRA LEONA




(Escrito después de ver en televisión las terribles imágenes de un niño amenazado por el odio!



Se me clavó en el alma tu mirada de miedo,
tu temblor dolorido, desamparado y triste,
como un frió amarrado en la sangre.

Se me clavo tu llanto,
tu pánico de heridas y de muertes

Se me clavó en el alma tu vida desolada
al aire del odio y del olvido

Se me clavó la queja de tus lágrimas
bajo la mano llena de amenazas y noches.

¡Cuando hubiera ofrecido, niño amargo,
por rescatar tu cuerpo y tu alma
de la fría imagen del televisor
y traerte al amor,
a la dulzura,
al gozo,
y vestirte de besos y caricias,
despertar la ilusión de tu niñez dormida,
y borrarte con sueños
el espanto de nieblas que te habitan.

Apartad ese odio
en el nombre del hombre que no muerde la vida
apartad ese odio de su dulce,
de su triste mirada,
o nunca,
nunca,
nunca
no me llaméis ya nunca ser humano.

lunes, 9 de febrero de 2009

LA FLOR DE EXTREMADURA

A mi amiga Ruth

En el valle, en el monte, en la blancura,
En el verde paisaje, en los rincones,
en los campos sembrados de ilusiones,
en la sierra, en la nieve, en la llanura,

en el alma de un pueblo, en la hermosura
de una tierra sembrada de ilusiones
en las notas de amor de las canciones
del arbol popular de la cultura,

en la razón de ser, en la añoranza
de trazar una nueva singladura,
en el hondo trajin de la labranza,

en el cielo en la voz, en la espesura;
florecera la flor de la esperanza
de esta nueva y hermosa Extremadura.

viernes, 6 de febrero de 2009

HIJO DEL HAMBRE



El niño aquel tendió su voz al viento
como un silencio roto por la nada
y en el viento quedó su voz callada
bajo la dura sombra de un lamento.

Solo un gesto de puro desaliento
abastece su imagen desolada,
y una pena sin pan de amor clavada
en la espina sin fin de su tormento.

El niño aquel sin alba ni alegría
hijo del hambre, corazón herido,
noche sin luz, dolor, caricia fría,

va dejando su grito oscurecido
a tu puerta, en silencio, cada día
y tu le das la noche del olvido.